Este invierno, prepárate
para la aventura!

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¿Te atreves
a subir al
cráter de
un volcán?

Encontrarte con las
momias más antiguas
del mundo en Arica,

Y descubrir dinosaurios y otros
seres que vivieron en Chile.

¡Es tiempo de aventuras
en familia!

Chiletur 2022

Aventura en familia

Una guía con ocho experiencias para todas las edades, para descubrir la naturaleza y sorprenderse con la prehistoria de Chile

Kayak en el río Angachilla

Una aventura en kayak + camping. ¿Quién se atreve?

Lagunas Gemelas y playa Colún

Dos joyas escondidas en la Reserva Costera Valdiviana.

Por la ruta Chinchorro

¿Sabías que las momias más antiguas del mundo están en Arica?

Glamping, acampar con glamour

¿Salir en carpa en invierno? ¡Se puede en estos glampings!

Ascenso al cráter Raihuén

Una caminata con raquetas de nieve, que culmina en aguas termales.

Cajón del Maipo para todos

¡No hace falta ir lejos para vivir una aventura!

La ruta de los Dinosaurios

Un recorrido por donde habitaron dinosaurios y aves prehistóricas.

Parque La Isla

Trekking por una reserva huilliche donde reina el silencio.

Bosque
Kayak en el río Angachilla

Una aventura en kayak + camping. ¿Quién se atreve?

Bosque
Lagunas Gemelas y playa Colún

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Bosque
Por la ruta Chinchorro

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Bosque
La ruta de los Dinosaurios

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Bosque
Parque La Isla

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Chiletur 2022 - Experiencias

1. ¿Camping familiar y aventura en kayak?

Aventura (casi) imposible en Valdivia

Y ahí terminamos, en la orilla del Río Angachilla de Valdivia con nuestro equipo desparramado en el embarcadero: sacos de dormir, colchonetas, una olla, un par de carpas. No era mucho porque la instrucción a la familia fue clara, “traigan lo indispensable” y la respuesta fue diversa. Nuestro hijo mayor apareció con toda la ropa puesta, capa sobre capa, sin zapatos y su cortaplumas. El segundo llegó en traje de baño y con su libro, las dos menores con un par de juguetes y yo alcancé a guardar algo de ropa en una bolsa hermética, el teléfono para las fotos, una escobilla y pasta de dientes (que mantuve en secreto porque no tenía intención de compartir). Todo apilado en el embarcadero, tres niños sonrientes por la aventura a la vista eligiendo remos, probándose faldones (esas cosas que se enganchan en la cintura para evitar que entre el agua). La menor encerrada en el auto muerta de miedo, dudando de la capacidad de flotación de esos botes chicos.

Habíamos hablado con mi marido de mostrarle a nuestros hijos distintas maneras de moverse en la naturaleza. Normalmente salimos en auto o caminando, queríamos abrirles un poco más las posibilidades y vivir con ellos la experiencia de transportarnos por agua haciéndonos cargo de trasladar nuestras propias cosas. Nada de bote extra para que lleve el guía, ni sobrecargarlo. Nuestras cosas, nuestro trabajo. Este rincón del río Angachilla lo habíamos conocido un año atrás, buscando un espacio tranquilo para pasear en kayak. Este río es uno de los nueve que tejen la geografía de esta ciudad. Sus riberas y humedal, actualmente protegidos como Santuario de la Naturaleza, atrae a una diversidad de aves como el siete colores, pato jergón, garzas y cucas. Apenas vimos una oportunidad para vivir esta experiencia, la tomamos.

Reconozco que me dio un poco de miedo el momento de la inducción, especialmente la parte en que enseñan a sacar el faldón cuando la embarcación se da vuelta. “¡¿El kayak se da vuelta?!” me salió del alma el grito. “Casi nunca” me tranquiliza el guía y dueño de Río Vivo, Guillermo. Miro a mi marido como para ver si él está dudando también, pero nada. Me entrego a la aventura bajo los protocolos de seguridad estándares.

Remar río arriba tres horas cargando nuestro equipo y a nuestras dos hijas menores fue más exigente de lo que nos habíamos imaginado, a pesar de la ayuda de la marea. ¿Cómo se hace un picnic a medio camino con la familia embarcada? , ¿Cómo se resuelve un: “quiero ir al baño” sin orillas a la vista? Aprendimos que para cada problema hay una solución adaptada. Y que aparecerían otros que ni sospechábamos.

El primero es que había que llevar un juguete o alguna ocupación para las más chicas. Para ellas, que no remaban, fue algo lento el paseo. Tienen paciencia, menos mal. El asunto del baño fue algo más complejo, y el del picnic incluso peor: como estos sectores del río tienen mareas hay orillas que son muy difíciles de alcanzar, porque quedan cortadas a pique o porque se transforman en barriales enormes con juncos, imposibles de navegar, imposibles de caminar. La solución para el asunto del wc es sólo una (dentro de las soluciones convencionales): esperar. El hambre a medio camino demanda equilibrio y trabajo en equipo pero se resuelve.

Se nos había olvidado advertirle a Guillermo que nuestra gente come cada dos horas (nuestra gente quiere decir yo). Así que casi a mitad de la ruta con destino al camping empezaron las quejas “cuándo podemos comer algo”, “qué hay de picnic”… Seguimos entonces al guía, que nos indica una entrada boscosa por el agua hacia una pequeña sombra en el agua, spot perfecto para alimentar a la tropa. ¿No nos vamos a bajar? No. ¿Y cómo voy a encontrar las cosas, cómo se las voy a pasar? Cada uno tiene su maña… ¡Qué cosa más complicada! Entre risas, quejas y enredos notamos que los kayak se van. ¿Nos estamos moviendo? ¿No se van a quedar quietas estas cosas para que podamos comer algo? El guía nos enseña a poner un kayak al lado del otro, formando un puzle, y afirmando los remos de uno y de otro. Ahora sí, somos una isla flotante, cada uno revisa entre sus piernas, espalda, todos los rincones si encuentra algo de comer. Los remos hacen de manos para hacer llegar a cada uno lo que pide.

Con paciencia, al terminar, desarmar el puzle, unos más hábiles que otros, y vuelta al río. Una vez instalados en el camping, ya en tierra firme, la rutina fluye natural, unos cosechan maquis, otro intenta pescar, recolectar palitos para la fogata, esperar el anochecer sin ningún apuro.

A la mañana siguiente, con un magro desayuno en la panza empiezan las ganas de volver. El mayor insiste “me quiero volver ahora”. De acuerdo, volvamos. Oh, pero… ¿Dónde se fue el agua? La marea está un poco atrasada, parece. Los niños abren sus ojos. Viven en el campo pero están acostumbrados a satisfacer sus necesidades con prontitud. “¿Y qué hay que hacer para poder irnos?”, preguntan. Esperar. Esperar una hora, dos horas, que el agua vuelva y los kayak puedan salir nuevamente. No se rieron pero estoy segura que la experiencia dejó algo en ellos. Sentados, desocupados, sin nada que ordenar, lavar ni cocinar pasamos una mañana muy tranquila disfrutando las vistas del humedal. Cuando volvemos a embarcar ya somos otros, nos sentimos expertos navegantes, cada uno a su ritmo volvemos al embarcadero sucios y felices. En el auto camino a la ciudad, ya vamos planeando nuevos ríos, más desafiantes, 5 días, 7 días en docky, en balsa, con amigos, mejor solos… miles de planes futuros.


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2. Lagunas Gemelas y playa Colún

Lagunas Gemelas, una aventura a lo desconocido

El primer intento por visitar las Lagunas Gemelas en la playa Colún fue un fracaso inmediato: el auto atrapado en el barro, sin señal, sin mapa. Desde ese día, este rincón de la Reserva Costera Valdiviana (a 40 km de Valdivia) se instaló en mi top 1 de paseos pendientes: la Playa Colún y sus dos Lagunas Gemelas, una postal de otro planeta donde confluyen bosques de olivillo semi sepultados por dunas infinitas que corren a lo largo de la playa; y que terminan en las lagunas esmeralda con el mar de telón de fondo.

Lo estudiamos, lo pensamos. Por dónde llegar, dónde acampar, qué tan malo estaba el camino… Una vez que nos convencimos de que era más o menos posible, tres años después de ese primer intento fallido, nos largamos. La cara de los niños cuando vieron el bote a remos para cruzar el río es el mejor recuerdo que guardo de ese paseo: incredulidad total. “¿Ahí nos tenemos que subir? ¿Y alguien sabe manejar esa cosa?”- preguntaban en shock.

La manera tradicional de llegar a este rincón virgen es caminando. El recorrido empieza poco después de la portería del parque. Son 9 kilómetros de caminata por la playa, para alojar allá y luego volver de la misma manera. Nos moríamos de ganas intentarlo pero con los cuatro hijos se nos hacía difícil ese trekking tan cargados.

Preguntando a los locales y con los niños algo más crecidos definimos un nuevo plan de ataque: descargamos la foto satelital de Google y asumimos que era posible seguir la huella que lleva directo en auto hasta la Playa Colún. No es un camino bueno, es para autos altos, y paciencia porque se avanza lento. No me voy a hacer la chora ahora: grité y cerré los ojos varias veces durante el trayecto. En sectores con mucho barro el auto patinaba, llegando a rozar rocas o acercándose -peligrosamente según mi imaginación- a las orillas de barranco. ¡Y los puentes! Me bajé del auto en cada uno. No fui capaz de aguantar los nervios de pasar sobre un par de troncos con tablitas cruzadas, tan lindos como peligrosos. Me puse adelante cada vez para guiar a mi marido al volante, que hacía como que no le achuntaba, muerto de la risa. Los niños silenciosos. Confían en que no los expondríamos a un peligro real pero mis gritos de nervios los hacían dudar.

Tras casi dos horas –que se me hicieron cuatro- aterrizamos directo a la desembocadura del río Colún, a algunos metros de la playa. La última bajada es cosa seria, innecesaria porque se puede dejar el auto arriba, pero ya estábamos en onda jeepeo, así que nos lanzamos por una gran roca en casi 90 grados que es difícil bajar, irreal subir. No entiendo cómo los autos logran desafiar la física.

El nuevo capítulo de la aventura era logístico: encontrar el bote a remos que debía haber en alguna parte, llegar a un acuerdo con el dueño para usarlo (encontrar al dueño, claro), luego cruzar carpas, comida y sacos de dormir remando de una orilla a otra del río Colún, que desemboca maravillosamente plácido en esta costa. La logística era como el acertijo del zorro, la gallina y la lechuga. ¿Qué cruzar primero y a quién dejar solo al otro lado bajo la lluvia? Algo inventó mi marido mientras yo convencía a las dos menores sobre la seguridad de las embarcaciones flotantes. Que el bote tuviera filtraciones y que tuviéramos que desaguar constantemente no ayudaba en nada. Pero entre una cosa y otra se terminaron por animar y embarcaron también.

Al atardecer y tres viajes en bote más tarde, finalmente estábamos instalados en el camping más añorado, sorbiendo tallarines con salame bajo la lluvia, empapados, sonrientes y orgullosos de nuestra hazaña.

La mañana siguiente comenzó algo enredada con toda la ropa mojada y llena de arena. Pero los niños resolvieron rápido: chao zapatos, chao calcetines y así, a pata pelada, con sus impermeables, jockey para proteger la cara de la lluvia partimos los dos kilómetros de caminata a las lagunas. Debe ser lejos el recorrido más divertido que hemos hecho. Piqueros en las pendientes, piruetas, mortales, carreras por los filos… las dunas recién peinadas por el viento y endurecidas con la lluvia llaman a payasear. A la izquierda y a la derecha la vista es de infarto: mar y bosque corren en paralelo, divididos por esta delgada y altísima franja de arena.

Cuarenta minutos de caminata en línea recta por las dunas llevan hasta la ribera sur de la primera laguna. Lo único negativo que se puede decir de este lugar es que es tan difícil dejar de tomar fotos. Es demasiado lindo para ser cierto. Un lujo de naturaleza en estado salvaje. La Reserva Costera Valdiviana es un mundo espectacular preservado por una fundación privada, The Nature Conservancy, que no sólo protege bosque nativo sino que trabaja en reconvertir plantaciones de eucaliptus que habían plantado los dueños anteriores del predio. Uno de los atractivos más turísticos del parque es justamente la Playa Colún con sus Lagunas Gemelas, además del alerce gigante, que puede conocerse en una visita por el día por la portería de Chaihuín.

Un chaparrón cerrado nos devuelve a la realidad. Para otra vez quedará la visita a la segunda laguna. Ya con todo completamente mojado, hambrientos y satisfechos de aventura estamos listos para volver a la civilización. Breve pero contundente el paseo, ahora, las cocinerías de Chaihuín nos esperan.


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3. Por la ruta Chinchorro

Arica – Por la ruta Chinchorro

¿Sabías que las momias más antiguas del mundo no están en Egipto, sino que en Chile? Son parte de la cultura Chinchorro, se encuentran ubicadas en el extremo norte del país, y recientemente fueron declaradas, por la Unesco, Patrimonio de la Humanidad. Motivo de orgullo y excusa perfecta para aprovechar de ir en estas vacaciones de invierno con tus hijos.

En esta ruta se mezcla la aventura con la historia. Estamos hablando de una ciudad que convive, a diario, entre el presente y el pasado, pues suelen aparecer restos arqueológicos cuando se construye o después de algún movimiento sísmico. “Arica es una gran necrópolis, donde vayas puede haber antiguos cementerios. La gente, de a poco, ha aprendido a convivir con estos primeros habitantes. Se identifica con esta cultura y la hace propia”, advierte Bernardo Arriaza, antropólogo de la Universidad de Tarapacá e investigador de este pueblo pionero en efectuar la momificación artificial.

Los ariqueños no sólo están aprendiendo a respetar todos los hallazgos que hoy permanecen incluso bajo sus casas, sino también se preparan para recibir a nuevos turistas. Son muchos los interesados en saber más sobre este grupo de pescadores que vivió entre el desierto y el mar y que comenzó a preservar cuerpos desde el 5000 a.C. Pensando en el más allá, convirtieron a sus seres queridos en momias rojas, con vendajes o con pátinas de barro. Nada quedaba al azar. “Toda la tradición mortuoria de los Chinchorro refleja también una obra creativa, pues fueron capaces de transformar a sus muertos en verdaderos iconos”, añade Arriaza.

¡Chinchorrízate!

Arica cuenta con 22 kilómetros de playas y olas perfectas para el surf. Las mismas costas por las que anduvieron los primeros habitantes del desierto, hoy son visitadas por pescadores, deportistas y turistas. En este escenario, la ruta Chinchorro empieza a ganar un lugar importante. En la actualidad, existen dos museos, el de San Miguel de Azapa y el de sitio Colón 10; sin embargo, hay un tercero que está comenzando a levantarse y que abrirá sus puertas a fines del próximo año, contiguo al Museo Antropológico de Azapa. Contará con varias salas, centrándose en el concepto de vida después de la muerte, las técnicas de subsistencia, el valor del ecosistema marítimo y la relevancia de la pesca artesanal. “Queremos que Arica y toda la región tenga el sello de la cultura Chinchorro y este museo va a contribuir a eso. Cuando pensamos en 10 mil años atrás, recordamos a nuestros antepasados y vemos cómo sorteaban las dificultades y cómo concebían la vida y la muerte. ¡Son nuestros orígenes!”, enfatiza Jorge Díaz, gobernador de la Región de Arica y Parinacota.

El entusiasmo es colectivo. Se están abriendo nuevos espacios y recuperando sitios, como los faldeos del Morro. Ahí, la Universidad de Tarapacá ha trabajado con las comunidades que habitan el sector para educarlos y, así, poder resguardar mejor esta zona donde se han encontrado restos de la cultura. No faltan tampoco los vecinos que están esculpiendo pequeñas figuras de madera inspiradas en las momias, como así también los grupos de teatro, raperos y bandas de jazz dedicados a transmitir historias sobre estos primeros habitantes. “De a poco nos estamos chinchorrizando”, añade, medio en broma medio en serio, José Barraza, secretario ejecutivo de la Corporación Chinchorro Marka, entidad responsable de proteger los sitios arqueológicos de la zona. Las mismas costas por las que anduvieron los antiguos pescadores hoy son preservadas como lo exige la Unesco. En Caleta Camarones, pueblo pesquero situado a 117 km de Arica, por ejemplo, estudian la factibilidad de construir un sendero que proteja los hallazgos que permanecen a la vista. Será un complemento de la señalética con realidad aumentada que hoy se ofrece entregando información arqueológica a partir del uso de un código QR.

Museos y paseos

Hace unos años el arquitecto Fernando Antequera compró una casa, de adobe y madera, levantada durante el siglo XIX. Su intención era convertirla en un hotel; sin embargo, al momento de hacer excavaciones, empezaron a aparecer osamentas humanas. Muchas. La historia cambió el curso de inmediato pues tenían a la vista un antiguo cementerio. La construcción alberga hoy el Museo de sitio Colón 10, nombre que alude a la dirección de la calle. En su interior, figura, a nivel de suelo, una gran plataforma de vidrio por donde es posible ver cuerpos no momificados y evidencia funeraria de la cultura Chinchorro. En el segundo piso, exhiben réplicas de momias, como las conservadas por el Museo de San Miguel de Azapa. Este último -ubicado en el km 12 del valle de Azapa- también merece una visita. Perteneciente a la Universidad de Tarapacá, ofrece una mirada más amplia de este grupo humano que habitó esta zona hace 7 mil años. Por un lado, explican cómo eran las prácticas mortuorias y, por otra parte, describen sus ecosistemas situados en los valles de Camarones y de Lluta.

Si bien es cierto que gran parte del patrimonio Chinchorro permanece bajo tierra, también puedes empaparte de esta cultura visitando lugares, como el humedal del río Lluta. Por ahí estuvieron estos primeros pescadores y es hoy, además, un Santuario de la Naturaleza que acoge a unas 130 especies de aves.

La ruta Chinchorro termina bien si llegas a las Cuevas de Anzota, situada a 12 km de la playa Corazones, de Arica. Entre acantilados, senderos interpretativos y escaleras, puedes acceder a este sitio costero donde una vez se encontraron cuerpos momificados. Un refugio Chinchorro que hoy ofrece no sólo una mirada distinta, sino también un buen escenario para practicar trekking y escalada. Especial para familias inquietas.

Recomendaciones para el viajero sustentable:

  • En zonas costeras, prefiere siempre los senderos demarcados.
  • No olvides que los restos arqueológicos tienen su lugar y no deben ser removidos.

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4. Glamping, acampar con glamour

Glamping: Escapadas con estilo perfectas para la familia

Crece la tendencia de arrancarse a la naturaleza durmiendo en cómodas y glamorosas carpas de lona. Aquí no se pasa hambre ni frío porque el objetivo es, justamente, acampar como si estuvieras en un hotel cinco estrellas. Sólo hay que escoger el escenario: ¿desierto, bosque o cordillera?

Imposible no entusiasmarse con el glamping. Basta observar un rato la imagen de estas tiendas de campaña modernas para imaginarse adentro, en medio del desierto o de la montaña, durmiendo bajo paredes de lona, sintiendo el viento y el canto de los pájaros. Sin pasar frío ni incomodidad alguna porque aquí se privilegia el confort. Es, por lo mismo, una excelente opción para tomarse unos días en familia, incluso si tienes hijos chicos. Podrán estar en un camping glamoroso que se acerca, un poco, a las yurtas de los tiempos de Genghis Khan y a los tipis nativos americanos, pero renovados. Es que si hay algo que caracteriza a este tipo de hospedaje es el uso de tecnología moderna resistente, a prueba de temperaturas extremas, como telas sintéticas de alto gramaje y postes de fibra de carbono. No faltan tampoco las camas con buenos plumones, calefacción, conexión wifi, alfombras, muebles y, por supuesto, un par de ventanas que te dejan mirar las estrellas. Todas.

Quizá el deseo de estar en contacto con la naturaleza y de permanecer en un entorno cómodo ayude a entender cómo es que se expandió esta inspiración nómade. Los más puristas advierten que el glamping habría comenzado a inicios del siglo XX, gracias a los europeos que iban a acampar en África sin dejar de lado el lujo. Hay quienes, en cambio, adjudican esta revolucionaria forma de vacacionar al señor Thomas Hiram Holding, un sastre y ciclista británico que, visionariamente, en 1898, se arriesgó a crear un primer campamento portátil. La idea cautivaba no sólo porque prometía vida al aire libre, sino porque era más económico que arrendar cabañas. Teorías que se suman a una última variable: la música. Los festivales de Reino Unido empezaron a ofrecer esta alternativa de alojamiento. El pack completo: rock and roll for ever. O, al menos, por varios días y noches.

En medio de la montaña

Chile es parte de esta tendencia, crecen las alternativas brindando experiencias outdoor y hospedajes circulares con las comodidades de un hotel cinco estrellas. A media hora de Santiago, en el kilómetro 11 del camino a Farellones, por el acceso al fundo Santa Matilde, se acaba de inaugurar Río Molina Glamping (+569 85001106, email: [email protected]). En medio de las montañas y de la confluencia de dos cursos de agua, se emplazó este espacio que, más que ofrecer un hospedaje, promete “experiencias”. Así lo explica Ramón Elizalde, gerente del recinto. “Estás en la mitad del cerro, sintiendo el ruido del viento y observando las estrellas. ¡Es una gran escapada!”, argumenta. Aquí podrás estar en uno de los diseños más usados, las famosas carpas Lotus Belle, que tienen una capacidad hasta para seis personas y que incluyen calefacción, amoblado, iluminación y conexión a celulares. Los baños y duchas son privados. Adentro está la calidez y afuera, la aventura. Además de poder usar las tinas calientes, los puentes colgantes y el canopy, es factible practicar trekking, cabalgatas o dedicarte a la contemplación. Si vas a ir con niños, qué mejor que terminar explorando la cordillera. Hay una ruta secreta que invita al avistamiento de cóndores. Al ser un recinto privado, se privilegia el respeto por estas aves y el cuidado al medioambiente. Se incluye desayuno; hay quincho para un asado familiar y refrigerador para guardar y preparar comidas.

Refugio en el desierto

Atacama Loft & Glamp, invita a descubrir los colores de cada uno de los desérticos paisajes. Situado en el límite urbano de San Pedro de Atacama (pasaje Tocopilla 25 D), este sitio es otra buena opción para los que nunca han ido de camping y quieren ir con hijos pequeños, teniendo la garantía de que llegarán y habrá hasta un fogón esperándolos. “Esto es un refugio muy sensorial”, dice Macarena Suárez, ingeniera comercial que se enamoró de este escenario luego de haber trabajado en bancos y de haber viajado por Asia. Su padre geólogo y su infancia durmiendo bajo las estrellas también son responsables de la creación de este proyecto que hoy ofrece hotelería tradicional y carpas ubicadas justo al centro. Estas últimas acogen hasta cinco personas y cuentan con calientacamas, estufa eléctrica, ventilador y doble plumón. El baño es compartido, pero es posible tener llave personal. Hay wifi, terraza propia y espacios comunes, como el quincho y comedor. Las actividades que ofrecen son masajes, piscina y arriendo de bicicletas, además de las exploraciones frecuentes. Muchas, pero, si se quiere algo distinto, es posible visitar Monturaqui, lugar donde cayó un meteorito dejando una gran huella.

Con vista al bosque esclerófilo

Vecinos del Parque Nacional La Campana, Biósfera Lodge, (avenida Cajón grande, Olmué), tienen la responsabilidad de velar siempre por la conservación del ecosistema que los rodea. Aquí destacan los domos con forma elipsoide cubiertos de madera. A un costado se encuentra cada baño privado y adentro están las camas, ropa de abrigo, estufa y conexión wifi. Un diseño minimalista, aclara Juan Pablo Vásquez, socio de Biósfera Lodge, pues el solo escenario es ya un privilegio. Entras al domo y ves, por las ventanas, bosque esclerófilo y, en la noche, las estrellas. La ausencia de contaminación lumínica suele convocar a románticos y a los amantes de la astronomía. Al estar insertos en una reserva de la biósfera, no es difícil tampoco divisar zorros culpeo, además de diversidad de reptiles y anfibios. Es más, todavía puedes recorrer algunos senderos que un día fueron registrados por el naturalista inglés Charles Darwin. Ahora si lo tuyo no es la ciencia, sino la tranquilidad de pasar unos días con tus hijos, el recinto cuenta con spa, restaurante y una variada oferta de actividades que incluyen tirolesa, canopy, escalada y yoga. También organizan excursiones al glaciar Juncal y tours arqueológicos y patrimoniales, como los asociados a los vestigios de la cultura Aconcagua.

Recomendaciones para el viajero sustentable:

  • Al visitar lugares naturales, escenarios que sobrecogen, se recomienda observar y mantener el silencio.
  • Hacerse cargo de la basura personal también va de la mano con esforzarse por no dejar rastros, es decir, caminar por los senderos establecidos.
  • Evitar la tentación de acercarse a la fauna nativa.

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5. Ascenso al cráter Raihuén

Dentro de un cráter y sumergido en las termas: Un día perfecto en el PN Puyehue

Nos propusimos encontrar un panorama invernal que dejara contentos a grandes y chicos. El desafío era ir a hacer la primera aproximación a la nieve durante esta temporada. Para hacer más amena la caminata, decidimos hacerla con raquetas de nieve, que son una suerte de plataforma plástica y plana que se ajusta a las zapatillas e impiden que uno se hunda en la nieve mientras va avanzando por ella.

Elegimos ir al parque Nacional Puyehue para caminar rumbo al Volcán Casablanca. Un volcán pequeño, de fácil acceso y con poca pendiente (justo detrás del Centro de Ski Antillanca), que, a solo unos metros de recorrerlo, ofrece impresionantes vistas de los grandes volcanes vecinos. Tras el ingreso respectivo en la caseta de Conaf, son 18 km más hasta los estacionamientos del centro de ski. Nos bajamos del auto que dejamos en los estacionamientos de Antillanca, nos abrigamos, preparamos nuestros snacks en las mochilas (livianas) y empezamos a caminar.

Tras pasar las instalaciones del centro de skí, comenzamos un sendero de fácil intensidad a través de un bosque de lengas cubierto por un suave manto de nieve. Al par de minutos, nos encontramos con el pequeño Klaus. Era su primera vez allí, pero al verlo moverse con sus raquetas, parecía todo un experto. Estaba emocionado con el paseo, y no dejaba de probar sus nuevos implementos, dando pasitos de aquí para allá. Al principio de la mano de su mamá, y ya después solo, y con toda seguridad, sus padres, Klaus y María lo habían llevado desde La Unión a conocer, tocar y disfrutar por primera vez, la nieve. Seguramente ahora, las visitas al lugar se harán más seguidas.

Continuamos la caminata dedicados a observar la belleza del paisaje. Cada uno a su ritmo, sin prisas y con varias pausas. Cada tanto volvíamos la mirada hacia atrás y ya podíamos constatar nuestro avance. También ya asomaba nuestro destino: el famoso cráter Raihuén, en las faldas del Volcán Casablanca.

Imposible nos resultó no parar a cada rato para hacer fotografías y maravillarnos con la belleza escénica del lugar: volviendo la vista hacia abajo, aparecían bosques de lengas, distintos cerros, colinas nevadas y más a los lejos el Lago Puyehue.

Tras una hora de relajada caminata ya estábamos en el cráter Raihuén (1.272 msnm). Se trata de un cráter que no presenta ningún tipo de riesgo, pues no existe registro de erupciones. Resulta ser un panorama imperdible porque desde allí es posible tener vistas del Cordón del Caulle, y varios volcanes y cerros de la zona. Desde el lado oeste del filo que lo rodea, se tienen vistas inmejorables de los Volcanes Puntiagudo y Osorno, además de los cerros Tronador y Sarnoso. Todos coincidimos en que el nombre de este último no le hace justicia, porque se trata de una hermosa formación rocosa que sobresale en el horizonte.
El cráter en sí tiene solo 1 km de diámetro, y se trata de una gran explanada que en esta época está cubierta por la nieve. Casi podría describirse como una gran pista de patinaje sobre hielo. Perfecta para caminar, jugar hacer muñecos de nieve, además de recargar energías con un picnic.

Tras tomar un té y darnos energía con fruta y algo de chocolate, comenzamos a bajar. A lo lejos podíamos distinguir el Lago Puyehue de fondo. Luego de unas 3 horas de caminar, ya estábamos de vuelta en el auto.

Cambiamos nuestros calcetines algo mojados por unos secos y comenzamos a bajar hacia las termas de Aguas Calientes. Una parada obligada en el camino es bajarse en el mirador de la Laguna del Toro, para apreciar la calma de sus aguas y el entorno que lo rodea. Cuenta la leyenda que un cazador williche se perdió en el bosque y llegó hasta un claro en donde descansó; mientras lo hacía se le apareció un enorme toro. “El joven quedó paralizado de la impresión, luego se dio cuenta que el animal no quería hacerle daño y que sólo intentaba entablar amistad. Después de un tiempo de encuentros, el toro y el joven williche se hicieron amigos y juntos recorrían los faldeos del volcán Antillanca, donde según los ancestros había muchas perlas preciosas escondidas. Un día el williche se enfermó y murió en el mismo claro en donde había encontrado al toro. El animal al ver su compañero muerto bramó tan fuerte que estremeció la montaña y escarbó hasta hacer un gran hoyo, en donde dejó caer el cuerpo de su amigo y compañero. Luego vino una gran lluvia que duró semanas formándose allí lo que hoy día es la Laguna del Toro”.

Como broche de oro y para terminar el recorrido, pasamos a las termas de aguas calientes (www.aguascalientes.cl). Se trata de un complejo termal que cuenta con una piscina al aire libre, una piscina techada, sitios para hacer picnic, cafetería, restaurante, domos y cabañas para quedarse en el lugar. Por ahora, tienen un sistema de turnos de 3 horas para disfrutar de las piscinas y las entradas se compran a través de su sitio web. ($5.900 adultos, $3.700 niños, $4.600 adultos mayores para la piscina descubierta).

Sin duda, un lugar totalmente apto para las familias, para disfrutar de la calidez que ofrece la naturaleza en este rincón de la cordillera de los Andes.

El día comenzaba a terminar y la luz a escasear. Retomamos la vuelta a Osorno a través de la ruta 215, pero el Lago Puyehue nos tenía la más linda de las despedidas: sus aguas estaban totalmente rojas gracias al reflejo de la luz del sol que se iba por el horizonte.
¡Nuestro objetivo estaba más que cumplido! Grandes y chicos felices con la aventura y la certeza de haber recorrido uno de los tantos paisajes de postal que ofrece nuestro sur.


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6. Cajón del Maipo para todos

Aventura detrás de la casa: Cajón del Maipo para todos

El Cajón del Maipo tiene tantas alternativas que a veces se olvidan y se termina haciendo siempre lo mismo. Lo increíble, es que el valle es enorme (su tamaño equivale a un pequeño país europeo), y tiene distintos valles que recorrer. Comer rico, tirarse en trineo, hacer trekking, buscar fósiles, tomar fotos increíbles…¡No hace falta ir lejos para vivir una aventura! Acá una lista de actividades variadas (y probadas) para todos los gustos. Se pueden combinar, intercambiar o, mejor aún, alojar allá y vivirlas todas.

Familia curiosa: tienen intereses variados, la cultura los atrae pero también la naturaleza. Hay un recorrido recomendable para ellos, aunque tienen que tener paciencia: hay un grado de sorpresa siempre en el camino y a veces los planes no resultan. Una buena familia curiosa siempre lleva un par de cartas bajo la manga. Podrían empezar por conocer la plaza de San José de Maipo, idealmente temprano para evitar los tacos típicos de fin de semana. Subiendo por la ruta G-25, antes de San Alfonso, merece una parada la estación El Melocotón, patrimonio cultural, donde pueden visitarse los antiguos carros del tren que esperan ser restaurados. Siguiendo la temática ferroviaria, la siguiente parada podría ser el túnel Tinoco, declarado monumento histórico. Queda en el mismo camino, pasado San Alfonso,.
Cuando a la familia curiosa le da hambre les gusta conocer la gastronomía local. Hay todo tipo de alternativas en el cajón, algunas clásicas que hay que visitar como el Refugio Alemán Lo Valdés, una construcción de piedra del año 1932, que además de ser lindo y acogedor, ofrece servicio de cafetería durante gran parte del año.

Familia exploradora: un par de actividades probadas, otras algo arriesgadas. La familia exploradora va dispuesta a la sorpresa y la aventura. Las alternativas son infinitas, no todas combinables en la misma salida porque quedan en distintos sectores del cajón Para empezar podríamos recomendar algo así:
Hay un circuito del día completo que se puede hacer hacia el embalse El Yeso. Ideal es hacerlo en día de semana, porque los fines de semana se juntan muchísimos autos y los tacos pueden ser de horas. Subiendo hacia el embalse, pasados los carabineros de San Gabriel es la primera parada: arriendo de trineo. Una vez aperados continuar por el desvío al embalse (mano izquierda), y elegir una loma tranquila, con nieve, para instalarse un rato. La dinámica es simple: trineo, picnic (chocolate caliente en termo se disfruta el doble arriba), otro poco de trineo y luego todos agotados, mojados y congelados listos para terminar. Al volver se puede hacer una visita rápida al sector de Las Melosas, donde puede conocerse el río Maipo sin el afluente del Volcán. Para llegar hay que devolverse hasta el cruce con la ruta G-25 y doblar a la izquierda, para seguir subiendo. Un par de kilómetros más arriba sale el camino angosto a mano derecha que se sigue hasta encontrar el río con sus formaciones de piedra impresionantes.
Otras alternativas entretenidas para familias exploradoras es la búsqueda de fósiles en el sector Lo Valdés o en el Valle de la Engorda, visitar los puestos de venta de cuarzos y otras piedras a la orilla del camino, explorar el centro de esquí Lagunillas, en el sector más bajo del cajón, o caminar por el Valle de las Arenas (confirmar antes el tema de los permisos y lugar de acceso, cambia constantemente).

Familia deportista: son esos que disfrutan del trekking y se premian al volver en alguna picada local. Hay varias alternativas para dejar a todos felices. Sí hay que advertir que los trayectos de traslado hasta el inicio de estos paseos son largos, 2 o 3 horas en auto hasta el inicio de los senderos.
El Monumento Natural El Morado es un clásico, tal vez uno de los lugares más lindos para caminar en la Región Metropolitana. Esto porque tiene la particularidad de no tener animales hace muchos años, lo que lo vuelve especialmente atractivo en diciembre y enero, porque se convierte en un verdadero jardín de flores silvestres. Es una caminata que empieza con una subida pronunciada pero luego sigue como un plano fácil con vistas espectaculares. Con niños chicos es recomendable llegar hasta las aguas Panimávida, a 3 km del inicio del sendero. Las entradas se compran previamente por www.aspticket.cl, y el parque cierra cuando hay nieve.
El Río Olivares es otro sector interesante para caminar. Es un bien nacional protegido y requiere permiso previo en www.rioolivares.cl. Con algo de paciencia en el auto se puede recorrer parte de este valle. Al final del camino se puede estacionar y empezar una caminata hasta donde se anime el grupo, porque el sendero sigue hasta dos jornadas arriba, hasta las cascadas.
El Valle de la Engorda es fácil para caminar aunque algo pesado para llegar. Siguiendo la ruta G-25, 7 km después de Lo Valdés, pasado el puente que cruza el río Colina se ven unos corrales, sector conocido como “el cabrerío”. El estacionamiento es pagado y desde ahí se inicia la caminata, por la ladera del cerro a mano derecha. No importa cuánto se avance, la experiencia es muy interesante para los niños. Y si el grupo es súper madrugador y animado podrían llegar hasta el refugio Plantat.
Para todos estos trekking una buena alternativa puede ser alojar en el cajón para no tener un viaje tan largo y poder empezar temprano a caminar.

Consejos para la familia aventurera:

  • Si van en auto llevar el estanque de bencina lleno, el cajón es mucho más grande de lo que se estima.
  • Teléfono cargado y avisar a alguien a dónde van y cuándo piensan volver: las emergencias suceden cuando menos se esperan.
  • Dinero en efectivo: hay estacionamientos pagados, entradas o para emergencias.
  • Comida, agua y abrigo de sobra: porque nunca se sabe y es mejor que sobre a que falte, sobre todo si hay niños involucrados.

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7. La ruta de los Dinosaurios

La Ruta de los Dinosaurios y otros seres

¿Qué tal si nos vamos en familia a hacer un recorrido hacia el pasado lejano, pero bien lejano? Capaz que nos toque la fortuna que tuvo el pequeño Diego Suárez, cuando en 2004, acompañando a sus padres geólogos en Aysén, descubrió los fósiles de lo que hoy se conoce como Chilesaurus diegosuarezi, un hito de la paleontología latinoamericana.
Aquí te mostramos los mejores lugares, para que los paleontólogos del futuro, logren su primer encuentro con dinosaurios que recorrieron el cielo el mar y la tierra en Chile.

VALLE DE LOS DINOSAURIOS. PICA. REGIÓN DE TARAPACÁ

A solo 50 kilómetros al sur de la localidad de Pica, llegamos a la Quebrada de Chacarilla. Es una verdadera joya paleontológica ya que en cinco lugares ubicados en distintos puntos de sus formaciones rocosas, han sido encontradas gran cantidad de huellas de dinosaurios. Desde 2004, el sitio fue declarado como Santuario de la Naturaleza por el Consejo Nacional de Monumentos Nacionales.
Actualmente allí podemos ver réplicas de dinosaurios en tamaño real, que según los paleontólogos existieron en la región hace más de 100 millones de años. Además en los cerros cercanos, es posible ver huellas de hasta 75 cm de diámetro ¡más grandes que la de un Tiranosaurio Rex!
La entrada es gratuita y está abierto todo el año. Los más pequeños alucinan con esta aventura que nos transporta directamente al mundo jurásico.

PARQUE PALEONTOLÓGICO LOS DEDOS. CALDERA. REGIÓN DE ATACAMA

Se trata de un impresionante y entretenido museo al aire libre. Para llegar hasta aquí es necesario recorrer 12 kms. al sur de la ciudad de Caldera. Luego se toma la ruta hacia Bahía Inglesa recorriendo 5 kms. desde el centro de la ciudad, para luego tomar el desvío hacia Puerto Viejo recorriendo aproximadamente 7 kms más. Allí ya veremos la entrada al parque.
En este lugar, que parece sacado de otro planeta, podremos ver una grandísima cantidad de fósiles de muchos vertebrados extintos hace ya más de 8 millones de años y que están en muy buen estado de conservación: ballenas, grandes tiburones, aves gigantes, pingüinos y perezosos marinos. ¡Es una experiencia inolvidable para grandes y chicos, pues no es usual encontrarse con fósiles a tamaño real!
La entrada es gratuita y está abierto de martes a domingo.

MONUMENTO NATURAL PICHASCA. RÍO HURTADO. REGIÓN DE COQUIMBO

Otro lugar del norte de Chile para sorprenderse y entrar de lleno en el mundo paleontológico. El Monumento Natural Pichasca abarca 120 hectáreas y se ubica en una formación geológica que data de hace 80 millones de años. Se encuentra ubicado a 2 kilómetros del poblado de Pichasca, a 85 kilómetros al sureste de La Serena. Allí es posible que veamos con nuestros propios ojos flora fosilizada, caparazones de tortugas y restos óseos de dinosaurios que corresponderían a la especie Titanosaurio. También en el sector, han sido encontrados vestigios que dan cuenta del paso de culturas precolombinas y que cuentan con una antigüedad de 9.500 años. Principalmente se pueden ver pinturas rupestres que relatan la actividad de cazadores y recolectores.
Está abierto de miércoles a domingo entre 9 y 16 hrs. Adultos pagan $3.700 y niños $2.200.

MUSEO DE HISTORIA NATURAL. QUINTA NORMAL. SANTIAGO

Aquí se encuentra la mayor colección de fósiles de Chile. Fue fundado en 1830 por Claudio Gay y es uno de los museos de historia natural más importantes de Latinoamérica. La colección que se puede apreciar en este lugar es extensa e invaluable, pero aquí destacamos tres imperdibles que no podemos dejar de visitar: el esqueleto del Pelagornis chilensis, ave marina prehistórica encontrada en Bahía Inglesa. Se trata de un hito paleontológico mundial porque es el ejemplar más grande y completo encontrado hasta ahora.
Tampoco podemos dejar de admirar el esqueleto de la Balaenoptera borealis, una ballena que tras su hallazgo en Valparaíso en 1889, fue transportada al museo en tren. Fue necesario contar con varias carretas para poder trasladarla desde la estación hasta la Quinta Normal. Luego de 6 años de preparación, que contempló la limpieza, el lavado y la maceración de sus huesos, el gran esqueleto fue expuesto en el museo, siendo hasta hoy una de sus grandes atracciones.
Por último, y como broche de oro, recomendamos totalmente acercarse a ver la réplica de la momia del Niño de Plomo (la momia original está guardada en una cámara para mantener su conservación). La momia corresponde al cuerpo liofilizado (deshidratado) de un niño incásico de unos 8 años. El pequeño fue una ofrenda a Inti, dios Sol, en la ceremonia Inca conocida como capacocha. Fue enterrado a 5.400 msnm en el Cerro El Plomo. Fue encontrado por buscadores de minas y tesoros, en 1954.
Sin ninguna duda, tres ejemplos de cuán rico y valioso es el pasado y cómo podemos valorar la historia tanto natural, como antropológica, a través de recorridos como estos.


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8. Parque La Isla

Parque La Isla: En la tierra de las golondrinas

Si crees que un trekking en la naturaleza es más recomendable entre primavera y verano para no exponerse al frío y las lluvias, déjanos decirte que armar una salida invernal puede traer agradables sorpresas: los senderos están desocupados, el silencio se transforma en un gran compañero y las caídas de agua cuentan en esta época, con un caudal que es difícil de ver en plena época de calor.

Fue con esto en mente, que, saliendo desde Osorno, avanzamos 44 km por la Ruta 215 hacia el este y llegamos a la pequeña localidad de Pilmaiquén, que en lengua mapuzungún significa tierra de golondrinas. Allí se encuentra el Parque La Isla – Salto La Olla.

Es fácil distinguir la caseta de entrada de esta pequeña área de conservación mapuche, de 6 hectáreas que administra la comunidad williche de la localidad. Tras pagar los $3 mil del valor de la entrada por adulto (niños $2 mil), comenzamos a recorrer un sendero muy bien señalado, en el que lo primero que nos llamó la atención fue un espacio reservado para realizar actividades ceremoniales. Nos mantuvimos en silencio, contemplando aquel espacio sagrado.

Seguimos el camino y fue una grata sorpresa constatar que olivillos, helechos, lingues, melíes, tepas, ulmos, coihues, arrayanes, copihues y prácticamente todas las especies, tenían un cuidado cartel de madera que también indicaba su nombre en mapuzungún. Una excelente manera de relacionarnos con el bosque y claro, aprender. Cada tanto, el canto del algún hued hued y de queltehues ruidosos volando cerca de las copas de los árboles, nos desviaban la mirada.

Nos llamó la atención el buen estado de la infraestructura de esta reserva: barandas, puentes, letreros… Todo el recorrido, además, estaba acompañado por el sonido de agua cayendo, que cada vez nos causaba más curiosidad. Fue así, que avanzando por dónde nos indicaba el sendero, y tras pasar por un pequeño espacio denominado “jardín botánico”, llegamos al bellísimo Salto El Brujo. Se trata de una caudalosa caída de agua, que está enmarcada por una exuberante vegetación, entre las que destacan los helechos costilla de vaca. Es posible quedarse contemplando el lugar, incluso se puede caminar detrás de la cascada para tener otra panorámica del increíble paisaje.

¿Girar 3 veces en círculo? ¡No fue necesario!

“Cuenta la leyenda que, si un chucao canta al lado derecho de un viajero, es señal de buena suerte. De lo contrario, si canta al lado izquierdo es un mal augurio. Para deshacer el `mal´, será necesario girar 3 veces en círculo”. Luego de leer el cartel que contaba esta leyenda, continuamos avanzando. Esta vez muy pendientes del canto de la típica ave sureña.
Unos pasos más adelante, lo pudimos escuchar en medio del manto de hojas que cubrían el bosque, ¡afortunadamente nos cantó a la derecha! Así es que tranquilamente seguimos caminando hasta llegar al broche de oro de esta joyita de la región de Los Lagos: el salto La Olla, una espectacular cascada de unos 20 metros de altura, cuyas laderas están conformadas por coloridas rocas teñidas de tonos ocres y rojizos. Es recomendable visitarla en invierno, porque el caudal es mayor. En verano, solo podrán encontrar un hilo de agua corriendo entre las rocas.
Para observar el lugar, hay un mirador extenso y cómodo que permite apreciar el entorno en su totalidad, además de tomar un descanso… a esa altura, el recorrido está casi por terminar: dura solo una hora, son 1700 metros de caminata y es ideal para hacer con amigos, familia, niños y abuelos.

En la tierra de las golondrinas, esta vez no vimos ninguna porque ellas llegan cuando se asoma la primavera, sin embargo, fue un placer caminar por esta área de conservación impecablemente cuidada. Para cerrar la visita, nada mejor que un chocolate caliente en la cafetería, que atienden las mismas personas de la comunidad y también darse una vuelta para llevarse un recuerdo de la tiendita de artesanías, todas confeccionadas por artesanos williches locales.
¡Imperdible!